Él era un amor. De verdad, cuando lo veías él te miraba, te sonreía y tenías que suspirar, sí o sí. La cosa era que no sabías si era realmente así o era todo una fantasía. ¿Realmente era quien yo creía que era o yo me estaba haciendo toda una historia? Te entraban estas dudas pero sin embargo él venía y con una de sus frases trilladas y perfectas te tenía nuevamente a sus pies. Lograba que le pierdas el miedo al propio miedo, hacía que ames lo que más odiabas y sabía hacerte amarlo. Esa era su mayor virtud: sabía lo que quería, sabía como lo quería y sabía hacer que vos hagas lo que más le gustaba. Cuando se iba sentías un vacío existencial. Yo luchaba contra todas las objeciones que se me formaban, pero el volvía, y me volvía a robar mil besos. Hoy, como cada mañana, tarde y noche te vuelvo a pensar. Solo pensarte hace que mi mente entre en un candombe constante. Pero estás conmigo, yo te tengo y sos solo para mí. ¿Sos solo para mí? ¿Me permitís tener mis dudas? Yo sabía que él era un amor. Pero, para mi mal corazón era lo único que sabía. Lo malo era que todo lo demás no valía. Que no vale.