Pedro, ese chico molesto que siempre está conmigo, pero al cual aprecio muchísimo, y yo habíamos terminado hacía menos de una hora de resolver un caso. Un trabajo fácil, de no más de un día y muy bien pagado. Muy relajados, y sin pensar en nada íbamos en tren, cuando una señora vestida de amarillo cayó entre las dos filas de asientos, que se transformaron de repente en una especie de platea disgustada y espantada.
Hipnotizado por la agonía de la mujer, me puse a observar la cara que el espasmo y el ahogo transformaban en un carnaval de caretas sucesivas cada vez más trágicas. El labio superior se replegaba en una mueca y los dientes se apretaban rígidos como el teclado de un piano. Puse mis dedos en ellos, y como si nada resonara dije:
-“Está muerta”.
Inmediatamente Pedro sacó de su bolso esa libretita que llevaba consigo a todos mis casos, casi incitándome a ser yo quien devele los misterios de la muerte de esa mujer. Veía como la gente se iba aglomerando a nuestro alrededor, y ellos observaban como yo los escaneaba buscando al asesino.
Con un chirrido insoportable, el tren detuvo por completo su marcha, y al instante se abrió la puerta del vagón y unos policías irrumpieron el silencio que mis palabras habían formado. Me saludaron, después de todo, a pesar de que yo estuviera retirado, serví a la policía durante muchos años-
-“Nadie se puede ir, lo sentimos muchísimo. Todos tendrán que dar su declaración en la comisaría de Independencia y Belgrano”- dijo el comisario López, que estaba a cargo de la seccional primera y era la persona más corrupta que conocí en mi vida, culpable de más de la mitad de los casos que resolví y culpado por absolutamente ninguno. Me miró, indicándome a mí también que lo siguiera.
La gente se quejaba y protestaba, insultando al cadáver de la pobre mujer y al corrupto de López.
Pedro se acercó a mí, y junto seguimos al comisario. Cuatro eran las personas que viajaban en el vagón junto a nosotros y a la señora de amarillo: un joven de unos 20 años, que en ningún momento se había quitado los auriculares y que no parecía interesado en nada, una mujer gorda y embarazada de unos 6 meses, que junto a un señor de aspecto importante insultaban a López, y una señora vestida muy precariamente que llevaba el pelo recogido de forma muy desprolija.
Cuando llegamos a la comisaría, me llevaron a mí aparte, dejándome escuchar las declaraciones, algo que consideré muy mal y muy poco profesional, ya que yo estaba retirado, y tranquilamente se me pudo haber chiflado el moño y pude haber matado yo a esa señora. Se preguntarán quién fue. No fue difícil averiguarlo: el joven, de nombre Matías, dijo en su declaración que la señora gorda embarazada, junto a su marido de aspecto importante, habían insultado a Graciela, como los papeles identificaron a la señora de amarillo, por quitarles el lugar de la ventana. María, la mujer de pelo recogido, harta de escucharlos, se acercó y le pegó con el matafuego a Graciela.
Pensarán como yo…”están todos locos”. Sí, y como la policía es tan corrupta, motivo por el cual yo la dejé, no encarceló a María, sino que la mandaron a hacer terapia y le impusieron libertad condicional. Sí, están todos locos.
te quedo piolisimo tana
ResponderEliminar