sábado, 10 de julio de 2010

Laberintos

Yo corría. Corría para salir de ahí. Mirara a la derecha o mirara a la izquierda, solo se veían muros desechos o quien sabe, nunca terminados de construir. Y seguía corriendo. Sentía el pecho cerrado, sentía mucha sed. Gritaba. Gritaba y nadie me escuchaba. A lo lejos reconocí un río. Torpe y apresuradamente, me acercaba. ¿Por qué se alejaba de mí? Tenía sed, tenía hambre. Tenía miedo. Me dejé caer en el suelo colmado de piedras, y lentamente, el sueño y la fatiga me fueron consumiendo con su débil llama. Quien sabe cuantas horas o cuantos días pasaron hasta que, sorpresivamente el río se consolidó frente a mí. Bebí agua como animal, y continué mi rumbo. Seguía corriendo. Quería, no: necesitaba salir de ahí con urgencia. Ese laberinto me estaba consumiendo. Salir de ese laberinto era conseguir la fama en esa ciudad donde nadie es conocido por nada. Salir, significaba la gloria eterna. Pero no, por más que corriera y corriera solo aparecían débiles ilusiones de haber encontrado el final, seguidas de la amarga desilusión. Físicamente, ese laberinto me consumió. Ahora, mi destino es vagar por allí durante toda la eternidad. Quien sabe algún día yo, y solo yo habré conseguido terminar el laberinto, y haber resuelto el enigma, haber conseguido la gloria eterna. Algún día.

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